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La novela luminosa, Mario Levrero (Mondadori, 2008)

Hablar de este libro es hablar de su autor. Nadie otro que Mario Levrero hubiera llevado adelante la escritura de esta novela, que no es otra cosa, aunque es mucho más, que el registro de sus fobias, neurosis y obsesiones. Uruguayo nacido en 1940, fue fotógrafo, librero, desocupado, inventor de crucigramas, hacker amateur, docente en talleres de literatura y, en su paso por Buenos Aires donde vivió un par de años, fue redactor de la revista Juegos de mente. Adicto a las computadoras, hipocondríaco, con una domada agorafobia y encendido defensor del ocio “hay que saber aislarse de ese cáncer que es sólo pensar en la estabilidad económica, generarte obligaciones innecesarias, o ascender en el organigrama de tu empresa”.

Entre agosto de 2000 y agosto de 2001 Levrero disfrutó de una beca Guggenheim destinada a terminar una novela que llevaba 16 años de escritura y correcciones. El proyecto era narrar las experiencias místicas que habían determinado su literatura y su vida, llevar al papel momentos trascendentes y luminosos, sosteniendo ese mismo espíritu. En plena escritura cae en la cuenta que la tarea es imposible, que simplemente algunos hechos no pueden narrarse. Por eso el libro comienza con una sección que se llama “Diario de la beca”, donde relata día a día las dificultades para volver al estado y la situación en que esas iluminaciones fueron posibles, en realidad de lo que se trata es de poner en evidencia la imposibilidad de terminar con la novela, todo el libro se convierte entonces en el testimonio de un gran fracaso. En la segunda parte se presenta, ligeramente modificada, la novela que había escrito en 1984.

Equilibrio perfecto entre lo cotidiano y lo trascendente, entre lo trivial y lo profundo, conviven en un mismo párrafo la pérdida del amor y de cómo se va alejando quien fue su novia “yo preferiría que me de como antes satisfacción sexual, pero no, me da guisos”, hasta sus interminables partidas de buscaminas. No tiene empacho ni vergüenza en exhibir sus miedos, y su falta de atributos para abrirse paso en el mundo moderno. El libro es de una honestidad brutal, y eso conmociona.

El humor atraviesa toda la novela, y el día a día está plagado de eventos simples pero narrados en forma desopilante. A través de las páginas se suceden una y otra vez las obsesiones de Levrero: sus problemas con el corrector ortográfico de Word incapaz de aceptar la palabra pene, o que señala Joyce como error, y propone reemplazarlo por José. El registro diario de una paloma muerta que ve desde su ventana, la búsqueda de nuevas novelas policiales, los sueños y su significado y la contemplación de su barba para dar con el largo justo.

Como lectores somos una preocupación para Levrero. Sabe que será leído y eso en parte lo inquieta, entonces se suceden a lo largo del libro diálogos con un imaginario lector, consejos sobre cómo leer la novela, el tono justo con que debe ser leída una anécdota, llegando incluso a recomendar saltarse algunos párrafos en la lectura.

Para leer en la cama, en pleno encuche ante los primeros fríos del otoño, mientras escuchas este tema