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Llamadas de Ámsterdam, Juan Villoro (Interzona, 2007)



Historia de amor breve, no la historia en sí, sino las páginas que demora el narrador en contarla. Desde el comienzo sabemos que ese amor es parte del pasado, y sin embargo, no deja de ser presente. El relato cuenta la historia de Juan Jesús y Nuria, un pintor que suele exponer en esas galerías que saben aliarse al secreto y se ubican en el último patio de un centro cultural; y la hija de un corrupto funcionario del PRI.

El libro comienza con el relato de los restos fósiles de la pareja, la detallada descripción de los desastres menores de Juan Jesús, y de los pequeños gestos poblados de amor de Nuria. En el pasado vivieron juntos, en el presente la historia sucede en la calle Ámsterdam, en un barrio del DF mexicano, donde vive Nuria y donde está el teléfono público desde donde Juan Jesús la llama.

Ámsterdam era la ciudad donde iban a comenzar una nueva vida, para vivir de otro modo y que lo molesto fuera estimulante. Hoy, Ámsterdam es lo que quedó en el camino, lo perdido, y los personajes hacen de esa ciudad un espacio imaginario y su más genuino lugar de encuentro.

Es una novela de gestos, de sensaciones y de acciones, no hay muchas descripciones de espacios y lugares, las casas parecen no estar amuebladas y nada se dice sobre las ropas de los personajes. La mirada del narrador recorre esa relación con un desapego impasible y va diseccionando la historia, posándose en los más mínimos detalles.

Quien haya vivido la tristeza de una separación, no debería perderse el ambiguo dolor de atravesar esa pérdida de nuevo, de la mano de este relato.

Para leer a esa hora de la tarde en que el horizonte se tiñe de color sepia, mientras escuchas este tema

Grieta de fatiga, Fabio Morábito (Eterna Cadencia, 2010)


Eterna cadencia, una editorial que apuesta a un catálogo que orbita entre la literatura, el ensayo y la crónica de autores consagrados y poco conocidos, ya lleva publicados dos libros de Fabio Morábito, y esta semana desembarca en las librerías de Buenos Aires su último libro de cuentos La vida ordenada. Vayan a su librería amiga y compren los libros de Morábito, porque puede llegar a no fascinarles, ni ser ese libro que está entre sus preferidos, pero les garantizo que van a disfrutar de su lectura, van a pasar un muy buen rato, y van a volver por más. Y es que hay algo en la escritura de Morábito que lo convierte en una recomendación infalible para todo tipo de lectores, desde los buenos y voraces, a aquellos que sólo leen libros de tapas con tipografía gótica y dorada con el simbolito de betseller incluido.
Es mexicano, pero nació en Egipto y creció en Italia, y además de cuentos,  novelas, ensayos y notas de opinión (suele ser bastante hilarante sus columna en la revista Ñ), escribe poesía. Y estas diversas identidades y roles son puestas en juego al momento de la escritura, en el modo, el tono y los tiempos elegidos para narrar.
El libro compila quince cuentos que suceden en espacios urbanos y modernos, aunque a veces nos lleva directo y sin escalas a la selva o al medioevo.
Con una prosa clara, sencilla, simple, que contiene un sinfín de guiños de complicidad con el lector, y está empapada de escenas tragicómicas y delirantes. Morábito cuenta desde el humor y con un cierto aire melancólico, el despliegue de las pequeñas obsesiones de sus personajes. Hay un trasfondo denso en los cuentos de Morábito, luego del punto final caemos en la cuenta de la gravedad y lo terrible de lo que allí ha pasado, sin lugar a dudas el espacio en el que se suceden las historias y el modo de narrarlas hace que esto se amortigue, y es después del punto final cuando las grietas asoman en toda su dimensión.
Un pedicuro que camina por la playa y fabula historias a partir de las huellas grabadas en la arena, un par de caballeros andantes que luchan en un duelo interminable debido al deplorable estado de sus armaduras, una mujer que fabula sobre el devenir de la vida de su hermana a partir de las letras borradas en un crucigrama, un soldado que adopta el caballo de Troya como su hogar, un lector que enloquece ante una palabra desconocida en el texto, y un adolescente que guarda con recelo el secreto de haber encontrado un gesto que lo hace único de su numerosa familia, son algunos de los personajes que pasean sus obsesiones por estas páginas.
Pero contar algo, tan poco, es traicionar una y otra vez el texto, porque es justamente en el despliegue de las historias, en cada frase donde radica su fuerza. Con este libro Morábito ha logrado una marca autoral, lo que a otros escritores les lleva toda una vida, o ni siquiera. Se sabe, escribir fácil es bien difícil.
Para leer mientras escuchas este tema.


El velorio de mi casa, Gonzalo Celorio (Aldus, 2006)



Cuando me decidí a escribir sobre este libro, caí en la cuenta que no son muchos los libros que leí sobre velorios, y menos uno donde lo que se vela es una casa. Recordé los patios con macetas y música de radio donde sucedían los velorios de Cortázar, y pensé que si Celorio leyó ese texto, optó por no seguir ninguno de los rituales que ahí se mencionan.

Después de 17 años, la dueña de la casa donde vive Celorio decide rescindir el contrato de alquiler. El debe abandonar en pocos días la casa en la pensaba vivir hasta el momento de su muerte, donde le gustaría que sus hijos velaran su cuerpo. En vez de eso, se anticipa al luto, y vela la muerte de su casa. Los preparativos para la mudanza marcan el inicio del duelo, y al mismo tiempo el  comienzo de la escritura de este maravilloso libro.

Cada rincón de la casa es detalladamente  descripto y adjetivado de una forma cálida y exquisita, incluso los rincones más oscuros cobran luz, uno tiene la sensación que puede entrar a esa casa con los ojos cerrados y reconocerlo todo, hasta los colores y aromas que la contienen. Logra que tengamos una familiaridad con ese espacio, con la cotidianeidad allí desplegada y con los pequeños ritos del hacer diario. Las imágenes de la casa quedan instaladas en nuestros sentidos como fotografías, a punto de salirse del marco.

El recorrido por sus ambientes es la excusa para narrar algo de lo que allí fue vivido y, sobre todo, aquello que ya no podrá ser, conjugando con una emotiva intensidad su amor hacia la casa, las personas que la habitaron y las historias que allí se sucedieron. Del mismo modo nos guía por barrio, y a modo de sociología urbana, traza un contorno de sus personajes y costumbres.

Uno de los capítulos más hermosos es un recorrido por los libros de su biblioteca, que sirve como pretexto para despuntar algo así como la historia de los libros en su familia.

Libro ideal para aquellos que hacen de su casa un mundo, para leer al final del día, tendidos en nuestro rincón favorito mientras escuchamos este tema.