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Missing, Alberto Fuguet (Alfaguara, 2010)




Llegué al libro de Fuguet sin haber leído ni una crítica o reseña, y ninguno de mis amigos lectores me había comentado palabra. Lo leí en el verano del 2010, a pocos meses de publicarse, y no tenía ni idea con lo que me iba a encontrar. Con la literatura de Fuguet, como con su cine, tengo una complicada relación de amor/odio, pero lo siento sincero y genuino, cero impostado, alejado de las lógicas del mercado editorial, algo que creo lo llevó a quedar por fuera de integrar cualquier canon literario latinoamericano.

Quedé absolutamente fascinada con este libro. Por la historia, por el modo y el tono de narrarla, es una de las mejores crónicas de familia de no ficción que se han publicado por estas latitudes.

Resulta que un día Alberto Fuguet decide buscar a Carlos Patricio Fuguet García, su tío hippie que desde hace casi 15 años se esfumó de la faz de la tierra. Nadie en su familia sabe dónde está. Fuguet busca el número de un detective privado y lo contrata. Lo primero que averigua es que no está preso ni lo estuvo en los últimos años. Tampoco fue reportado muerto, es probable que esté vivo. Así comienza la historia.

La pregunta que se hace Fuguet no es por qué su tío quiso perderse, sino por qué nadie quiso buscarlo. Y eso lo pregunta a su padre, sus tíos, en lo que es un intento por reconstruir la historia familiar. De alguna manera, él también estaba alejado de su familia, y con este libro busca acercarse, llevar adelante un exorcismo familiar, que finalmente lo ayudó a encontrarse con su familia y a reconciliarse con su padre. Escrito en clave absolutamente autobiográfica, desde el vamos Fuguet se sincera y lo deja en claro “Aquí no hay un afán exhibicionista, sólo dudas, curiosidad historia. No quiero herir a nadie pero sé que algunos se sentirán, con todo derecho, heridos. No es la idea pero sé que va a ocurrir. Llevo años tratando de buscar la manera para que eso no suceda, no la he encontrado. Si no duele, no vale creo que escribí una vez. Mis putas frases para el bronce.”

Un libro de no ficción narrado como una novela, donde las reflexiones sobre el oficio literario, qué es la literatura, para qué sirve, cuál es la misión del escritor, atraviesan cada una de sus páginas. En este libro Fuguet nunca se olvida que es hijo y escritor, y esas identidades están puestas en conflicto todo el tiempo, pero también aparecen reconciliadas es lo que me toca, es mi trabajo, mi misión: soy el escritor de la familia”.

Para leer en vísperas de navidad, cuando el dilema de quién lleva el vitel thoné deja aflorar los más viejos rencores familiares, mientras escuchas este tema.


Y como comentamos en otra entrada, no dejen de visitar la página liderada por Alberto Fuguet que reúne largos y cortometrajes independientes latinoamericanos.

El caballero que cayó al mar, Herbert Clyde Lewis (Trad. Laura Wittner, La bestia equilátera, 2010)



Brillante novela de 1937, publicada por primera vez en español por la editorial La bestia equilátera, que sigue apostando a relatos plagados de humor.

El caballero en cuestión es Henry Preston Standish, un corredor de bolsa neoyorkino casado y con dos hijos, que comenzó su viaje en el crucero Arabella luego de una crisis cuasi existencial, pese a que “las afecciones nerviosas o mentales no eran algo que Standish llevara en la sangre”.  Persona correcta si las hay, no pierde la compostura ni aun cuando resbala con una mancha de aceite y cae al océano Pacífico. En los primeros minutos se lo ve más preocupado por el qué dirán de su torpeza y por lo inoportuno y molesto que es para la tripulación y el resto de los pasajeros una caída al mar.  Standish no grita, sino que informa a la gente del Arabella sobre su humillante y bufonesco error. Standish no grita, no da pelea, no acepta su situación de náufrago, le preocupa que se mojen las llaves y billetes que hay en sus bolsillos y el espantoso aspecto que va a tener una vez que lo rescaten. Lo fatal es que Standish nunca deja de ser él, “estaba condenado a ser un caballero incluso en ese momento”, no despojándose del disfraz de burgués correcto ni en la vasta soledad del Pacífico.

El resto de las páginas es un ir y venir desopilante entre las suposiciones de Standish sobre quién  descubrirá primero su desaparición, los bocetos de su fabuloso y heroico relato sobre la experiencia para la prensa y su amada esposa, y todo aquello que sucede en el barco: los momentos en los que alguien pudo darse cuenta de su ausencia, pero no lo hizo, y los divagues sobre su caída, que prontamente son reemplazados por las hipótesis sobre los motivos que lo llevaron a suicidarse.

Los capítulos finales son de un vértigo increíble, con nuestro caballero nadando (finalmente, cuando decide hacer algo comienza a nadar en dirección contraria) y el barco que vuelve en su rescate.

Plagada de personajes mezquinos, mojigatos y conservadores, narrada con ironía y cinismo desde una prosa ágil y sencilla, que esconde una crítica feroz al esnobismo, la pacatería y a ciertos rituales y modismos del ser burgués.

Para leer chapoteando en la pelopincho o con las patas en la fuente, mientras escuchas este tema.

En el blog de LBE se puede chusmear el proceso de armado del arte de tapa de este libro (definitivamente, el caballero con bigotes tiene todo el physique du role!)

Los enamorados, Alfred Hayes (Trad. Martín Schifino, La bestia equilátera, 2010)



Si hay algo que sabe la gente de La Bestia Equilátera es hacer unas contratapas que al leerlas no quedan dudas: tenes que leer ese libro sí o sí. Para Los enamorados eligen frases como “una obra de arte”, “un libro único” que “despertó la admiración del público”. Pero para mí la seducción llegó por el lado de la solapa (la gente de LBE también sabe de esto) donde se menciona algo del periplo de vida del autor, y así nos enteramos que nació en Inglaterra pero se crió en Estados Unidos, durante la Segunda Guerra fue soldado en Italia, donde se quedó a vivir y colaboró como guionista con Rossellini y De Sica. Por este último dato, compré y me zambullí en la lectura.

La cosa es más o menos así: En un bar de hotel a las tres de la tarde un hombre de casi cuarenta años comienza a contar su historia a una chica que acaba de conocer, una historia de amor donde sus protagonistas no tienen nombre. Sólo los otros, satélites de ese vínculo, son nombrados. La historia se hilvana a partir de lo cotidiano, los detalles, los espacios habitados por ese par y el recuerdo de fragmentos de diálogos y situaciones. El relato muestra como muta la intimidad, los deseos, los cuerpos, los días y las noches para esos enamorados.

La novela funciona como pretexto para poner en escena todo aquello que el autor piensa sobre el amor, la tristeza y ese momento de elección entre un living ordenado o el dormitorio desordenado, el regador en el césped o la cita de hotel en plena tarde de rutina. De escritura intensa, alejada de la impronta de agüita mineral que imponen estos tiempos a lo amoroso, las primeras páginas son absolutamente hipnóticas, definitivamente es de esos libros para leer lápiz en mano, plagado de frases enunciadas por alguien que no está desilusionado sino sólo lo contrario a ilusionado. Hace mucho tiempo no mamarracheaba tanto un libro, y en apenas 10 meses ya llevo 3 lecturas.

Gracias a la gran traducción de Martín Schifino leemos chica en vez de joven, y pollera en vez de falda, suponemos que sin suscitar mayor quilombo como dicen se le supo armar a Aira.

Ideal para leer en tarde de encuche, o para la vuelta a casa de madrugada mientras nos preguntamos porque ese chico que nos miró todo el rato, no se animó a contarnos ninguna historia. Para leer escuchando este tema, o absolutamente casi cualquier tema de Gabo.