Páginas

Mostrando entradas con la etiqueta palabras prestadas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta palabras prestadas. Mostrar todas las entradas

Palabras prestadas: Steven Millhauser

August Eschenburg, Steven Millhauser, Interzona, 2004.


Porque muchas veces ocurre así: el Destino entra a los tumbos en callejón sin salida y hasta una vida entera puede ser un error.


Tenía la ambición de insertar sus sueños en el mundo, y si eran sueños errados los soñaría solo.


O acaso la verdad es que no hay ningún sino, ninguna trama, nada en absoluto salvo un hombre cansado que mira hacia atrás y lo olvida todo, menos detalles dispersos que el acto mismo del recuerdo compone en un destino.


Sabía que el mundo del comercio moderno obedecía a un principio omnipresente: la novedad. Era un principio divisible en dos leyes: la novedad es necesaria y la novedad nunca dura. La segunda ley también podía formularse así: la novedad de hoy es el hastío de mañana. 


Se preguntó si el destino no era una mera forma de olvido.

Palabras prestadas: Pascal Quignard


 Pascal Quignard, Vida Secreta (Espasa, 2005) 
Cuando uno llega a ese momento, sabe de repente que, impotente para acrecentar la fiebre de lo que está viviendo, o incluso incapaz de perpetuarla, esa fiebre va a morir. Uno llora de antemano, bruscamente, para sus adentros, en una esquina de la calle, deprisa y corriendo, atemorizado por la posibilidad de atraer la desgracia sobre sí, pero también por profilaxia, con la esperanza de despistar o retrasar al destino.
Sólo amamos una vez. Y no somos conscientes de la única vez que amamos, porque la estamos descubriendo.

Descubrir y reconocer no determinan regímenes semejantes. Descubrir y reconocer son como nacer y envejecer. A partir de ese instante de máxima altura que imagino como el desbordamiento de un río (como levantarse de la cama), todo lo que está a punto de ocurrir ya no desvela nada, pero lo recuerda todo.
Reconocer es un régimen tan terrible pero aún más fascinado de lo que puede llegar a serlo el fulgor del flechazo, y todavía más despótico.
Pasar de la pasión al amor es una ordalía.
Es una peligrosa travesía, porque la elección a la que nos expone es radical: ora azarosa, ora mortal.

Aprender era un placer intenso. Aprender equivalía a nacer. Se tenga la edad que se tenga, el cuerpo experimenta entonces una especie de expansión.
De repente la sangre fluye mejor en el cerebro, detrás de los ojos, en las yemas de los dedos, en la parte superior del torso, en la parte baja del vientre, en todas partes.
El universo se dilata: de pronto se abre una puerta donde no había puerta alguna y el cuerpo se abre con esa misma puerta.
El cuerpo antiguo se convierte en otro cuerpo. Un país desconocido se extiende o avanza a toda velocidad y crecemos con lo que crece. Todo lo conocido cobra un nuevo sentido, atrae una nueva luz, y todo lo que hemos abandonado regresa de repente a la nueva tierra con un nuevo relieve todavía inexpresable, porque no era posible preverlo.

Desafíos que no conciernen a nadie se descubren de pronto en el azar de una consecuencia que no habíamos buscado. Eso es aprender. Caen las barreras y, al caer, desaparecen las distancias. Eso es aprender. La oscuridad del bosque se desvanece. Aumenta el recorrido del viaje.
No hay que enseñar a quien no tiene alegría de aprender.
Apasionarse por lo que es otro, amar, aprender, es lo mismo.
Negándonos a explicarnos, tal vez evitábamos caer en las redes que despliega el lenguaje, en sus reglas de juego codificadas, pueriles, escolares, agonísticas, retóricas, autoritarias, demostrativas. Así nos libraríamos de la trampa donde la relación de fuerzas de los saberes y la guerra de posición de las edades prevalecían, imperceptiblemente, sobre la transmisión de la emoción.
Yo tenía miedo de reunirme con la mujer que amaba. Todos los hombres desean ese miedo.
Su deseo es su miedo.

¿Qué lazo existe entre los seres que hablan? Sólo la nada, el sentido, la esperanza semántica, la melancolía.
¿ Qué lazo hay entre los seres vivos sexuados, que nacen y mueren, que se renuevan mediante la muerte personal y a través de una escena que no es visible para ellos? Ni la palabra sola, que los convertiría en fantasmas, ni la muerte sola, que los convertiría en cadáveres, ni el goce masculino del apareamiento, que los convertiría en animales.
Queda el amor. Eso es el amor: ese resto indecible que no puede mostrarse. De ahí vienen los dos tabúes del lenguaje y de la luz.
Indecible: el lenguaje está prohibido.
Que no puede mostrarse: lo visible es tabú.

Palabras prestadas: Clarice Lispector


Clarice Lispector, Agua viva (El cuenco de plata, 2010) 

No me gusta lo que acabo de escribir; pero estoy obligada a aceptar todo el párrafo porque él me ha ocurrido.


No quiero tener la terrible limitación de quien vive sólo de lo que es pasible de tener sentido. yo no: lo que quiero es una verdad inventada.


Pero arriesgo, vivo arriesgando. estoy llena de acacias que se balancean amarillas, y yo que apenas he comenzado mi jornada, comienzo con un sentido de tragedia, adivinando hacia qué océano perdido van mis pasos de vida. y locamente me apodero de los desvanes de mí, mis desvaríos me asfixian de tanta belleza. Soy antes, soy casi, soy nunca. Y todo eso gané al dejar de amarte.


No dirijo nada. Ni siquiera mis propias palabras. Pero no es triste: es humildad alegre. Yo, que vivo al costado, estoy a la izquierda de quien entre. Y en mi se estremece el mundo.


Y en mi noche siento el mal que me domina. Lo que se llama un bello paisaje no me causa más que cansancio. Lo que me gusta son los paisajes de tierra reseca, con árboles retorcidos y montañas hechas de roca y con una luz alba y suspensa. Allí, sí, allí está la belleza recóndita. Sé que tampoco te gusta el arte. Nací dura, heroica, solitaria y de pie. Y he encontrado mi contrapunto en el paisaje sin elementos pintorescos y sin belleza. La fealdad es mi estandarte de guerra. Yo amo lo feo con un amor de igual a igual.


Este texto que te doy no es para ser visto de cerca: gana su secreta redondez antes invisible cuando es visto desde un avión en alto vuelo. Entonces se adivina el juego de las islas y se ven canales y mares. Entiéndeme: te escribo una onomatopeya, una convulsión del lenguaje.

Palabras prestadas: Erri De Luca

Tres caballos, Erri De Luca (Akal literaria, 2002)

"Lo que no le digo es que se trata de un lugar para el después de ella. Acudimos de nuevo al amor sin retorno y volvemos desnudos a la habitación de antes."

"Hay criaturas mutuamente destinadas que no llegan a conocerse nunca y se adaptan a amar a otra persona remendando su ausencia. Es decir, son prácticas"

"Leo libros usados porque las páginas muy hojeadas y manoseadas pesan más en los ojos, cada ejemplar de un libro puede pertenecer a muchas vidas y los libros no tendrían que quedar vigilados en los lugares públicos, sino trasladarse con los caminantes que los llevan consigo por un tiempo y que como ellos tendrían que morir extenuados a achaques, infectados, ahogados tras lanzarse desde un puente con los suicidas, metidos en una estufa en pleno invierno, destripados por los niños para hacer barquitos, tendrían que morir de cualquier forma menos de aburrimiento y propiedad privada, condenados a una estantería de por vida."